En el marco de un nuevo aniversario del Golpe de Estado en Argentina de 1976, el testimonio de Mónica Mussi vuelve a poner en evidencia las heridas abiertas que dejó el terrorismo de Estado en la región.
El 22 de marzo de 1976, días antes del inicio formal de la dictadura, su hermano Julio fue secuestrado por fuerzas militares en su vivienda. “Yo tenía 12 años. Mi mamá me llevaba a la escuela cuando vimos los camiones afuera de la casa. Fue la última vez que lo vimos”, recuerda.
Julio era trabajador petrolero, soldador de trépanos, y estaba por iniciar una nueva etapa laboral vinculada a YPF. Sin embargo, aquel proyecto quedó truncado esa misma mañana, cuando fue detenido junto a otros vecinos de la ciudad, bajo sospechas de supuestas actividades subversivas.
Tras el operativo, la familia inició una desesperada búsqueda. Primero en dependencias militares locales, luego en otras ciudades. “Nos decían que no lo tenían. Presentamos hábeas corpus, pero no había respuestas. En ese momento había miedo, no se podía publicar nada”, relata.
Con el paso del tiempo, lograron reconstruir el recorrido: Julio fue trasladado al Regimiento 11, luego derivado hacia Trelew y finalmente al 5to Cuerpo de Ejército en Bahía Blanca. Allí, según se supo años después, permaneció con vida por un tiempo.
Durante meses, la familia sostuvo la esperanza. Incluso, una publicación del diario Crónica informó que los detenidos habían sido liberados. El nombre de Julio figuraba en esa lista, pero nunca regresó.
La verdad comenzó a salir a la luz años más tarde, cuando un sobreviviente, Horacio Quiroga, brindó su testimonio. Según su relato, los detenidos fueron sometidos a condiciones extremas y torturas. Julio habría muerto en ese contexto, tras un episodio de violencia dentro del centro clandestino.
A partir de esa declaración, la causa avanzó y los responsables fueron juzgados en Bahía Blanca en el marco de los delitos de lesa humanidad. Si bien recibieron condenas a prisión perpetua, cumplen arresto domiciliario debido a su edad.
Para Mussi, la condena judicial no alcanza. “No se cierra nada. El día que sepamos dónde está mi hermano, recién ahí va a haber un cierre”, sostiene.
La historia también dejó profundas marcas en su familia. Su padre falleció poco tiempo después de la desaparición, y su madre murió sin conocer la verdad. “Ella lo esperaba todos los días. Miraba por la ventana pensando que iba a volver”, recuerda.
Hoy, con 61 años, Mónica transforma ese dolor en memoria activa. Comparte su historia con sus alumnos para que las nuevas generaciones comprendan lo ocurrido. “Lo cuento para que aprendan. Para que esto no se repita”, afirma.
A casi 50 años de aquellos hechos, su testimonio refleja una realidad que aún persiste en Argentina: la búsqueda de los desaparecidos continúa, y con ella, el reclamo de verdad y justicia.