A 44 años de la guerra de Malvinas, Aliro Ibarrola, veterano de la 62ª, recuerda con detalle y emoción los días que pasó en la isla. Su historia, marcada por la disciplina militar, el frío extremo y los bombardeos, sigue viva en cada aspecto de su vida, incluso en su trabajo y en la pirotecnia que hoy le recuerda aquel infierno.
Ibarrola llegó a la isla el 6 de abril de 1982, tras apenas dos meses de instrucción en el Batallón Logístico 9. Durante 74 días, vivió bajo el constante peligro de los ataques aéreos y navales, con temperaturas bajo cero, comidas escasas y sin posibilidad de calentarse adecuadamente. Relata cómo la única forma de mantenerse abrigado era compartir el cuerpo con sus compañeros, siempre alerta a cualquier señal de bombardeo.
“Cada vez que escucho juegos artificiales, me perjudica”, confiesa. “Mi sensación siempre era que en vez de ser un juego, iba a caer una bomba o un misil. Todavía me molesta. Esas bengalas me recuerdan los zumbidos y el miedo constante que sentíamos en Malvinas”. Los ruidos explosivos y repentinos, comunes en celebraciones o festejos, son para él un recordatorio constante de los momentos más traumáticos de su juventud.
Además, Ibarrola hace un paralelismo entre la disciplina extrema de la guerra y las situaciones de maltrato que aún enfrenta en su trabajo. “Hay jefes que no están presentes, que maltratan psicológicamente, y cada vez que pasa, automáticamente pienso en cómo nos trataron mal en la colimba”, explica. La sensación de injusticia y autoridad abusiva revive en él recuerdos de humillaciones y tensiones de su época en Malvinas. Por eso mantiene firme su exigencia de respeto y reconoce la importancia de cuidar su salud mental, recurriendo cuando es necesario al apoyo psicológico.
El excombatiente también habla de la vida después de la guerra: la liberación, el regreso a Comodoro Rivadavia, la espera por reincorporarse al trabajo y el reencuentro con su familia, marcado por emociones intensas. “Nos bajamos del Bahía Paraíso después de estar prisioneros cuatro días y todos vomitamos por el encierro, el calor y la comida que no estábamos acostumbrados”, recuerda. Sin embargo, también destaca la importancia de pequeñas cosas: un techo seguro, la comida caliente, la posibilidad de moverse libremente.
A pesar de los años y las cicatrices físicas y emocionales, Ibarrola mantiene una actividad constante y se niega a jubilarse. “Cuando uno frena, la cabeza empieza. El trabajo me mantiene, pero el maltrato me duele”, asegura. Por eso valora sus encuentros con otros veteranos, donde no siempre se habla de la guerra, pero la memoria compartida los une silenciosamente.
Para Aliro Ibarrola, los recuerdos de Malvinas no son solo historia: son una herencia que sigue presente, en la sensibilidad ante ciertos sonidos, en la forma de enfrentar la autoridad y en la necesidad de compartir experiencias con quienes vivieron lo mismo. Una voz que, aunque marcada por el dolor, sigue buscando respeto, comprensión y la paz que tanto valoró tras vivir “el peor mes y medio de su vida”.