(Guadalupe Rodríguez-redactora Del Mar Digital)
Francisco Jesús “Pancho” Martínez fue un hombre nacido en 1964, conocido en Comodoro Rivadavia por sus múltiples antecedentes policiales por estafas, robos, hurtos y otros delitos. Tenía una historia de vínculos con el mundo político y con sectores populares, incluso habiendo trabajado en la obra social SEROS y actuado como puntero barrial en zonas periféricas de la ciudad.
Con su prontuario, Martínez era una figura familiar en el ambiente policial y judicial de Comodoro, lo que contribuyó después a que su figura fuera reinterpretada por algunos sectores como la de un “bandidos populares” o un Robin Hood vernáculo, que supuestamente redistribuía parte del botín entre gente necesitada.
El 2001 venía golpeando fuerte a la Argentina. La renuncia de De la Rúa había dejado al país sin rumbo, el corralito generaba colas interminables en los bancos y las calles todavía olían a gas lacrimógeno después de los saqueos y los cacerolazos. En Comodoro Rivadavia, esa inestabilidad se sentía cada vez más. El dinero no alcanzaba, los precios cambiaban casi semana a semana,muchos trabajadores acumulaban meses sin cobrar y en los barrios aparecía un malestar que no dejaba de crecer.

En ese clima, la tarde del 31 de diciembre comenzó como cualquier cierre de año: comercios apurados, autos cargados de bolsas y una ciudad intentando celebrar a pesar de todo. Pero alrededor de las cuatro de la tarde, la rutina se quebró cuando Francisco Jesús “Pancho” Martínez entró a la distribuidora La Salteña, en calle Vélez Sarsfield, acompañado por Rubén “Chilote” Chandía Tapia y Fabricio De Vigili. Lo que pretendía ser un robo común terminó escapando de sus manos en cuestión de minutos. Al verse rodeados por la policía, los tres hombres decidieron atrincherarse dentro del edificio y tomaron rehenes, dando inicio a una de las escenas más tensas que recuerde la ciudad.
La noticia se extendió rápido. Los vecinos comenzaron a juntarse en las esquinas, los móviles policiales bloqueaban la calle y los periodistas trataban de acercarse lo más posible. Adentro, la tensión no dejaba de crecer. Los rehenes trataban de mantener la calma mientras las negociaciones avanzaban con dificultad, marcadas por los nervios, el cansancio y la desconfianza. Afuera, la imagen se volvía cada vez más caótica, con una multitud que no terminaba de entender qué estaba pasando pero sabía que algo grave ocurría.

Pasadas las horas, llegó uno de los momentos que más quedó grabado en la memoria colectiva: desde una de las ventanas del primer piso comenzaron a caer billetes y paquetes de comida. La gente, sorprendida, corría para agarrarlos mientras discutía entre sí y la policía intentaba ordenar la calle. Aquella escena, mezclada con la desesperación económica del 2001, fue la que más alimentó con el tiempo el mito alrededor de la figura de Pancho Martínez, un mito que lo mostraba casi como un rebelde que “repartía” lo que tenía. Pero en ese momento nada parecía romántico; todo estaba atravesado por la urgencia.
La noche avanzaba y la ciudad esperaba la llegada del Año Nuevo en un clima extraño, dividido entre las fiestas familiares y las sirenas que no dejaban de sonar en zona céntrica. Cerca de las once y cincuenta de la noche, cuando faltaban apenas diez minutos para recibir el 2002, llegó la decisión final: el GEOP ingresaría al edificio. Lo que siguió fue un operativo breve y violento, marcado por disparos, gritos y un movimiento frenético dentro de La Salteña. Cuando todo terminó, Francisco “Pancho” Martínez y Chandía Tapia habían muerto en el enfrentamiento, De Vigili quedó detenido y herido, y los rehenes fueron rescatados en estado de shock pero con vida.

Comodoro entró al nuevo año en un silencio extraño, sin fuegos artificiales ni festejos ruidosos en esa zona. La ciudad había sido testigo de un episodio que, con el tiempo, se convirtió en parte de su memoria urbana. Algunos recordaron a Pancho como un delincuente temerario, otros lo cargaron de un aura de leyenda, y otros lo mencionaron como un emergente brutal de una época que empujó a muchos al límite. Lo cierto es que aquella tarde y aquella noche fueron un reflejo directo de un país que se desbordaba por todos lados.
A 24 años del caso, la toma de rehenes en La Salteña sigue siendo una de las historias más fuertes del fin del 2001 en Comodoro. Un episodio que aún hoy se cuenta, se discute y se resignifica, porque no fue solo un asalto: fue el retrato local de un año en el que la Argentina entera parecía a punto de romperse.