Hay ausencias que se sienten en el silencio de una cuadra y en la quietud de un mostrador. El fallecimiento de María Elena Vergara, a los 69 años, no pasó desapercibido para los habitantes de Kilómetro 3, quienes en las últimas horas convirtieron el frente de su antiguo kiosco en un santuario de gratitud y nostalgia.
Lo que comenzó como un gesto individual se transformó rápidamente en una reacción comunitaria genuina. Los postigos, que durante años resguardaron el trabajo diario de María Elena, hoy sostienen decenas de carteles y mensajes escritos a mano. Las frases, cargadas de una sencillez conmovedora, reflejan el impacto de su presencia en la idiosincrasia del barrio: “Hasta siempre amiga”, “Hasta siempre, doñita”, y el repetido “Abuelita del kiosco”, son algunos de los textos que cubren la fachada.
Para los vecinos, María Elena no era solo una comerciante; era un punto de referencia, una escucha atenta y una figura familiar que vio crecer a generaciones de niños que hoy, ya adultos, se acercaron a dejar su firma en las paredes también. Su figura representaba ese Comodoro de barrio, donde el intercambio comercial era apenas la excusa para un saludo afectuoso o un consejo a tiempo.
El kiosco, que hoy permanece con sus luces apagadas, se ha convertido en la huella física de una mujer que supo trascender el anonimato de la ciudad para instalarse en la memoria colectiva de su comunidad.
María Elena Vergara ya no estará detrás de la ventanilla, pero su legado permanece en los relatos de quienes hoy se detienen frente a su local, no para comprar, sino para recordar y agradecer a quien fue, sencillamente, el alma de su cuadra.