Dolores Noemí López Candan de Rigoni, conocida como Lolín, falleció en la madrugada de este martes a los 100 años. Fue la última Madre de Plaza de Mayo activa en Neuquén y una figura emblemática de la lucha por la memoria, la verdad y la justicia en la región del Alto Valle.
A pesar de su edad, Lolín mantuvo su compromiso hasta el final. Participaba de las rondas tradicionales que se realizan cada tercer jueves de mes en el monumento a la Madre, ubicado sobre la avenida Olascoaga, en el centro de Neuquén. Sus últimas apariciones públicas fueron durante el verano. Incluso en marzo de este año, caminó junto a otras personas alrededor del pañuelo blanco, símbolo de una lucha colectiva que lleva casi medio siglo.
El pasado 30 de abril, en un nuevo aniversario de la fundación de Madres de Plaza de Mayo, envió un mensaje al Aula Magna de la Universidad Nacional del Comahue. En su saludo, reiteró su histórico reclamo y alentó a los más jóvenes a sostener la lucha: “Verdad y justicia”, expresó con convicción.
Una vida atravesada por el dolor y la resistencia
Lolín comenzó su militancia tras el secuestro y asesinato de su hijo Roberto, durante la última dictadura cívico-militar. El 16 de abril de 1980, Roberto fue detenido en una casa de militantes en Isidro Casanova, partido de La Matanza. Cuatro días después, su cuerpo fue hallado sin vida a la vera de la ruta provincial 21, en González Catán.
Ese crimen cambió para siempre a la familia Rigoni. Años más tarde, Lolín también enfrentó la muerte de su compañero, Helvecio Alberto “Toto” Rigoni, y la de su otro hijo, Ricardo. Este 2025, tampoco estaban a su lado Inés Ragni —su amiga y compañera de lucha fallecida meses atrás— ni su esposo Oscar, quien la había acompañado durante años en las marchas.
Sin embargo, Lolín nunca se detuvo. Participó del primer encuentro con otras Madres en Plaza de Mayo el 30 de abril de 1977 y fue una de las organizadoras del primer acto público de denuncia en Neuquén, en agosto de 1980.
Quienes la conocieron destacan su lucidez y fortaleza. A pesar de su cuerpo frágil, fue un ejemplo de tenacidad y compromiso. A lo largo de décadas, tejió lazos con otras mujeres que atravesaron pérdidas similares y construyó una red que logró visibilizar el terrorismo de Estado, sostener el reclamo judicial y mantener viva la memoria.
Su partida deja una huella profunda en la historia de los derechos humanos en Argentina. Y su legado, como el de tantas Madres, seguirá presente en cada ronda, cada pañuelo blanco y cada voz que repita su reclamo: “Verdad y justicia”.