Una empresa de biotecnología con sede en Estados Unidos anunció que logró recrear parcialmente al extinto lobo terrible (Canis dirus), utilizando para ello ADN extraído de fósiles milenarios y avanzadas técnicas de edición genética en lobos grises actuales. El proyecto incluyó 20 intervenciones específicas en el genoma de los animales, con el objetivo de imitar los rasgos físicos y biológicos del gran depredador extinto hace más de 10.000 años.
El anuncio, que rápidamente se difundió en medios internacionales, provocó reacciones dispares entre la comunidad científica. Una de las voces más destacadas es la de la periodista especializada en ciencia, Silvia Martínez, quien expresó su preocupación frente al uso de estas tecnologías: “Este tipo de experimentos nos obliga a preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a llegar con la ciencia. No se trata solo de lo que se puede hacer, sino de lo que se debe hacer”, dijo en diálogo con Radio del Mar.
Según Martínez, las implicancias van mucho más allá del laboratorio: “Estamos modificando genéticamente una especie actual para recrear otra que desapareció en un contexto ecológico completamente distinto. Estos nuevos ejemplares no son 100% fieles al lobo terrible, y su adaptación al ecosistema moderno es una incógnita. Podrían generar desequilibrios o sufrir problemas de salud que aún no imaginamos”.
Otro aspecto que genera controversia es el uso de recursos en este tipo de proyectos, mientras miles de especies actuales enfrentan la extinción. “Lo paradójico —señala Martínez— es que invertimos millones en intentar revivir especies extinguidas, cuando no logramos proteger adecuadamente a las que todavía existen. Es una desconexión profunda con las urgencias reales del planeta”.
La empresa detrás del experimento aclaró que estos animales no son clones exactos, sino organismos “inspirados” en el lobo terrible. Aun así, varios expertos y medios de comunicación pusieron en duda la verdadera finalidad del proyecto. “Muchos de estos anuncios tienen un componente publicitario. El problema es cuando el marketing científico tapa el análisis crítico y el debate ético que deberían acompañar a cada uno de estos pasos”, advierte Martínez.
Por ahora, queda por ver si los animales modificados podrán adaptarse sin consecuencias inesperadas en su entorno. “La ciencia es poderosa, sí. Pero también tiene que ser responsable. No podemos avanzar a ciegas en nombre de la innovación”, concluyó la periodista.