Llegamos al otoño, y con él se va viendo el aumento de virosis respiratorias, enfermedades eruptivas en menores, neumonías y COVID. En los últimos años se pudo observar un incremento del número de casos y su aparición más temprana en el año. Para muchas de estas enfermedades contamos con una herramienta que ha demostrado ser una de las más eficaces en salud pública: la vacunación. Nuestro país, desde hace mucho tiempo ya, tiene un calendario de alcance nacional y gratuito de vacunación ejemplar.
Publicado el
08/04/2026
Un poco de historia
De los múltiples avances en los diversos campos de la medicina, rescato cuatro fundamentales: el desarrollo de los antibióticos para las enfermedades bacterianas, la insulina para el tratamiento de la diabetes, los corticoides para las enfermedades inflamatorias articulares (como la artritis reumatoidea, o el lupus eritematoso, por ejemplo) y, por supuesto, las vacunas.
El desarrollo de la vacunación comienza a fines del siglo XVIII, más precisamente en 1796, cuando el doctor Edward Jenner desarrolló la primera vacuna contra la viruela inoculando viruela bovina (cowpox), generando protección contra la viruela humana, mortal en ésa época. El término vacuna proviene, precisamente, de vacca (vaca).
Desde entonces el desarrollo de estas preparaciones fue evolucionando de forma constante logrando prevenir y eliminar geográficamente enfermedades como la poliomielitis o el sarampión, y llegando a erradicar por completo la ya mencionada viruela.
En los últimos años y, sobre todo, después de la pandemia de coronavirus en el 2020 se instaló una desconfianza hacia ellas, lo que llevó a una disminución crítica del número de niños y adultos actualmente vacunados.
El COVID19 y las vacunas
Esta desconfianza se basa en la duda infundada sobre cómo se desarrollaron y fabricaron las vacunas para COVID. Una sospecha sin ninguna base científica, pura percepción. Se cuestionaba (NdE: y se sigue cuestionando) el contenido y la rapidez con la que fueron desarrolladas, imaginando qué daños podrían provocar en el ser humano.
Según el Monitor Público de Vacunación de Argentina, se han aplicado más de 115 millones de dosis de vacunas contra el COVID en todo el país.
Como respuesta vale la pena citar datos del 21º Boletín Nacional de Seguridad en Vacunas de agosto 2024 del Ministerio de Salud de la Nación:
“Hasta el 30 de junio de 2024, se aplicaron un total de 236.329.854 dosis de vacunas contra la COVID-19 en personas a partir de los 6 meses de edad en las 24 jurisdicciones del país, como parte de la Campaña Nacional de Vacunación iniciada en diciembre de 2020. Se han notificado un total de 65.467 Eventos Adversos Supuestamente Atribuibles a la Vacunación o Inmunización (ESAVI), de los cuales 3.431 fueron graves, siendo la tasa global de notificación de 55,4 por cada 100.000 dosis aplicadas (d.a.), y la tasa de ESAVI graves de 2,9 por cada 100.000 d.a.”
Lo curioso es que desde el caso Wakefield en 1998 nadie se preguntaba o cuestionaba (por lo menos públicamente) las vacunas que nos aplicábamos nosotros o a nuestros hijos: polio, paperas, difteria, viruela, tétanos, sarampión para citar algunas. Como tampoco se cuestionaba el uso de los antibióticos ¿Alguien dudaría usar un antibiótico si tuviera una neumonía o una infección urinaria?
Se previnieron innumerable cantidad de casos, sobre todo fatales. La vacuna contra el sarampión ha evitado más de 6 millones de muertes en las Américas en los últimos veinticinco años, y se estima que ha prevenido alrededor de 15 millones de muertes en los últimos cincuenta. Según los expertos, la vacunación evitó 154 millones de muertes en todo el mundo en las últimas cinco décadas.
¿Entonces, por qué no vacunarnos?
La moda de no vacunarse
Desde mi perspectiva profesional no logro entenderlo.
Vacunarse es UN ACTO SOLIDARIO. Solidario porque no sólo me protejo yo sino al resto de las personas, sean de la familia, de lugar de trabajo o similares. Es tener en cuenta a los que nos rodean, cuidarse y cuidarlos. ¿Es tan difícil de entender?
Sigo con el sarampión: un niño no vacunado que se enferma puede contagiar hasta dieciocho niños más. En el caso del COVID, una persona no vacunada que se enferma puede contagiar hasta diez personas. No tenemos números sobre la contagiosidad de la gripe pero sabemos que es alta.
Más allá de las complicaciones personales, no puedo saber cómo va a afectar a aquellos a quienes pueda yo contagiar por no estar vacunado. Pueden sufrir una forma grave de la enfermedad o una complicación fatal, porque no podemos saber su condición clínica.
Enfatizo una vez más el sarampión: sus complicaciones pueden ser neumonía (infección pulmonar), encefalitis (inflamación cerebral), infecciones de oído, diarrea severa y deshidratación. En casos raros, provoca daños permanentes, ceguera o la muerte. Y en un 10 % los niños no vacunados que se enferman pueden presentar amnesia inmunológica total, el sistema inmune pierde su registro, llevándolos a tener otras enfermedades infecciosas graves durante los cinco años posteriores.
El ejemplo del sarampión es dramático, y hago todo este hincapié porque por la falta de vacunación, las Américas han perdido su estatus de zona libre de sarampión. Algo increíble, y como consecuencia de ello el aumento del número de casos está llegando a cifras alarmantes.
Quiero concluir insistiendo una vez más en lo necesario y fundamental que es el vacunemos TODOS: es cuidarnos y cuidar a los que tenemos cerca.
Dr. Jorge Eduardo Jacobo, MP de Chubut 989. Egresado de la Facultad de Medicina de Buenos Aires en 1978, especialista en Clínica Médica.