COMODORO RIVADAVIA Y RADA TILLY  |  Lunes 08 de junio, 2026
actualidad

Adiós al Indio, esa presencia invisible

La primera vez que viajé a Buenos Aires, que conocí el Obelisco a principios de los 90 -sí, bien pueblerino-, fue por trabajo, con apenas veintipocos años. Me encontré con esa ciudad grande, inmensa, donde todos andaban apurados, como ya me habían adelantado.

Mi contacto más cercano con esa ciudad era la revista Pelo, principalmente, y alguna que otra publicación de rock. En esas revistas aparecía una tienda rockera: Lokuras. Así que yo tenía que ir.

Ahí, entre tantas remeras que compré, me llevé un cassette que para mí era toda una joya. Era una grabación de Los Redonditos en un antro, que se escuchaba como se tenía que escuchar: grabada desde un walkman o algo similar. Pero se escuchaba. Y de ese cassette siempre me habían quedado “Aquella solitaria vaca cubana”; y “Un tal Brigitte Bardot”, que después supe nunca formó parte de los discos ricoteros. Por lo tanto, esa grabación “pirata” tenía aún mucho más valor.

Mi primer acercamiento a Los Redonditos fue en el secundario, allá por los años 80, cuando sonaba en el aula, antes de que entrara el profesor, “Masacre en el Puticlub”. En esos años escuchábamos rock nacional a morir: mucho Soda, Cadillacs, Mateos y, por supuesto, Los Redondos.

“Me voy con Guille a ver al Indio”, me dijo una vez Raúl, que por primera vez iba con uno de sus hijos.

Yo nunca vi al Indio personalmente.

Pero a lo largo de los años lo vi a través de mis amigos. A Popo le regalé el cassette porque era muy fanático. En el secundario canté sus canciones con mis compañeros. Viajé sin ir con Raúl y Guille porque me emocionaba saber que Guille lo iba a disfrutar.

Pero el sábado… el sábado sentí al Indio.

Lo sentí en cada uno de los que estaban ahí y derramaban lágrimas sin vergüenza. Lo sentí en Raúl, que ahora había ido con Mateo, su hijo menor. Lo sentí en el Gringo, que estaba desaforado, colgado de la valla, y en Vlader, su hijo, muy cerquita, colgado también. Lo sentí en Gustavo, que venía trabajando desde hacía tiempo para que Los Fundamentalistas estuvieran en Comodoro. Lo sentí en el mensaje de mi hija: “¿Murió el Indio Solari?????’”

Entonces, el sábado, al igual que ellos, lloré.

No se me había ido el ídolo máximo. No se me había ido el que me enseñó a luchar, ni el que me sacó de momentos tristes con sus canciones, ni el que me educó con sus letras. Me di cuenta que estuvo toda la vida alrededor mío y que lo viví a través de mis amigos.

No quiero ser hipócrita y decir que soy un ricotero. No llego ni por las tapas a serlo; decirlo sería una gran mentira. Fui, soy y seré simplemente alguien que puede decir que Los Redondos están allá arriba y que puede pasar días enteros escuchándolos sin cansarse.

Tuve el privilegio, gracias a Gustavo, de estar adentro de lo que fue el show de Comodoro, el más triste, pero también histórico. Fue el DDI, el Día Después del Indio. Y tuve la enorme suerte de documentarlo desde adentro.

Siento, como una gran e inmensa mayoría, que se nos va uno de esos tipos que de verdad la mueven. Siento que nos vamos quedando sin Pappos, Gustavos, Flacos, Diegos e Indios, y que tenemos la enorme responsabilidad de que sigan estando presentes en su arte, en sus convicciones y en su manera de hacernos abrir los ojos.

Podría escribir sobre todo lo que pasó estos días, pero hay quienes lo harán mejor y con mayor sentimiento. Solo quiero expresar que también lo siento y que la presencia física se va a extrañar. Pero Indio, dijiste tanto y tan bien que solo resta decirte gracias…totales!.

Víctor Amigorena

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