COMODORO RIVADAVIA Y RADA TILLY  |  Lunes 23 de marzo, 2026
generales

Eduardo Millán: Personaje destacado de la ciudad

La muestra “Comodorenses con la fuerza del viento” del fotógrafo y periodista Víctor Amigorena, propone un recorrido por historias de vida que reflejan el compromiso, el trabajo y la vocación de quienes, desde distintos ámbitos, han contribuido al crecimiento de Comodoro Rivadavia.

A través de una mirada sensible y profundamente local, la propuesta invita a reconocer trayectorias sostenidas que forman parte de la identidad de la ciudad y que, muchas veces desde el silencio, han dejado una huella en la comunidad.

Cada uno de los protagonistas retratados representa valores que identifican a Comodoro: la solidaridad, el esfuerzo cotidiano y la convicción de construir en conjunto. Sus historias permiten descubrir rostros y recorridos que, desde diferentes espacios, continúan dando forma a la ciudad.

Eduardo Millán

El Bar Kennedy fue inaugurado en 1965 y su principal impulsor fue Ismael Millán, oriundo de Chile, quien con apenas 12 años y completamente solo llegó a la Argentina en busca de un futuro mejor. Con el tiempo, el Kennedy se convirtió en un bar emblemático de Comodoro Rivadavia, un lugar por el que han pasado —y siguen pasando— padres con hijos, habitués que, café de por medio, arreglan la ciudad y el mundo. Siempre estuvo emplazado en el mismo sitio, convirtiéndose en un punto de referencia inalterable para la comunidad.

Antes de hacerse cargo del local, Ismael trabajó en diversos rubros, en su mayoría vinculados al comercio. En la misma galería donde funciona el bar, en la tienda de enfrente, trabajaba quien luego sería su esposa, con quien formó una familia y tuvo dos hijos: Eduardo, odontólogo y actual responsable del negocio, y Jorge, arquitecto.

“Gracias al esfuerzo del viejo pudimos estudiar los dos, y fue un orgullo para él”, recuerda Eduardo.

En 2010, Ismael falleció a causa de una enfermedad, pero dejó un mensaje claro y contundente respecto al Kennedy: “Sigan el negocio”. Y el negocio continúa, hoy en manos de sus hijos.

Por el Kennedy ya han pasado varias generaciones. Hay clientes que siguen llegando, ahora acompañados por sus nietos. Las mesas y la barra continúan siendo testigos de codos apoyados, de pensadores, bohemios o de quienes simplemente necesitan hacer tiempo antes de ir al banco. El Kennedy sigue siendo, como siempre, un refugio cotidiano y un punto de encuentro en el corazón de la ciudad.

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