María Jorgelina Mazzucco, una maestra de Bariloche, fue elegida junto a otros cuatro colegas de distintos puntos del país en una campaña nacional para revalorizar y reconocer la huella transformadora del trabajo docente. La iniciativa corresponde a la fundación británica Varkey.
«Creemos que cada niño merece un gran maestro. Y que cada maestro merece reconocimiento, valoración, y formación. Desde la fundación promovemos el liderazgo educativo como pieza fundamental para transformar la realidad. La educación es la solución a los desafíos del mundo actual», expresan en su página web.
En esta oportunidad, unas 200 personas postularon los nombres de aquellos maestros que marcaron sus vidas y con ese listado, un comité de la Fundación Varkey eligió a los cinco finalistas que presentan «historias transformadoras». Los ganadores fueron Mazzucco, la única rionegrina, Enzo Meneguini Bernal, de ciudad de Buenos Aires, María Laura Riveros, de Jaime Prats (Mendoza), Marisel Karina Argañaraz, de Villa Ojo de Agua (Santiago del Estero) y Sandra Pagliaricci, de Campana (provincia de Buenos Aires).
De Otamendi a Bariloche
Jorgelina es oriunda de Otamendi, una localidad cercana a Mar del Plata, donde se formó como maestra de nivel inicial y, luego, de primaria. Dio sus primeros pasos en Mar del Plata, pero su sueño era trabajar en una escuela rural o de frontera. En una ocasión, vacacionaba en Bariloche, cuando supo que buscaban maestras para el jardín de infantes del Centro Atómico de Bariloche. Decidió postularse y fue seleccionada en 1997.
Poco después, obtuvo un cargo en la Escuela 324 de Villa Los Coihues, al oeste de Bariloche, donde trabajó por 28 años. En ese establecimiento, se desempeñó como maestra jardinera, de grado, secretaria y directora. El embarazo de sus tres hijas los transitó en ese colegio.
«Una compañera me avisó que había un cargo para la escuela de Los Coihues que estaba bastante alejada. No llegaban ni los colectivos. Era una escuela muy chica, con dos aulas de primaria, una sala de jardín y una cocina donde un mueble la separaba de la dirección. Super rural«, contó. Se calefaccionaban con una salamandra porque no había gas. El barrio fue creciendo y de pronto, llegó el gas natural. «Empezaron a anotarse alumnos de los kilómetros. Se cerraron las vacantes solo para chicos del barrio. Viví toda esa transformación», contó Jorgelina.
Hoy con 55 años, lamentó que ser docente no resulta una tarea sencilla. «Hay una descalificación constante, un maltrato hacia los docentes y uno se pregunta por qué. Frente al intento de querer reemplazarnos por una aplicación o educar a través de las pantallas, hoy todavía prevalecen las historias de la gente que se mira cara a cara, que prioriza un encuentro real».
Fuente: Río Negro