A tres meses del levantamiento del cepo cambiario, la economía argentina vuelve a estar bajo presión. A pesar del ingreso récord de divisas provenientes del sector agroexportador, el peso argentino continúa perdiendo valor, con una caída del 4 % en los últimos días y una depreciación acumulada de más del 20 % desde abril.
La creciente demanda de dólares por parte de empresas, ahorristas y viajeros refleja la incertidumbre electoral de cara a las legislativas de octubre. En ese contexto, los mercados comienzan a anticipar una nueva devaluación, mientras los contratos de futuros ya proyectan un ajuste del tipo de cambio cercano al 10 % antes de septiembre.
Este escenario marca un contraste con los primeros meses del gobierno de Javier Milei, cuando el peso llegó a apreciarse un 45 % en términos reales. Sin embargo, la combinación de una moneda sobrevaluada, un déficit de cuenta corriente que trepó a US$ 5.200 millones en el primer trimestre, y señales mixtas de política monetaria, comenzaron a revertir ese panorama.
En los últimos días, grandes fondos de inversión —entre ellos JPMorgan— comenzaron a desprenderse de bonos en pesos. A su vez, el Banco Central, aunque mantiene una política monetaria restrictiva, dio señales de mayor flexibilidad al retirar bonos de corto plazo, una medida que liberará más de 11 billones de pesos al mercado. Esto podría incrementar la presión sobre el dólar si parte de esa liquidez se dirige hacia activos dolarizados.
Mientras tanto, el Gobierno insiste en su compromiso de “cero emisión monetaria”, aunque también alivió recientemente los requerimientos de liquidez para el sistema bancario, en un intento por sostener la actividad económica sin desestabilizar el mercado financiero.
Con una banda cambiaria pactada con el FMI que oscila entre los $972 y $1.439 por dólar, cada vez más analistas dudan de que pueda sostenerse en un escenario político y económico tan volátil.