La distancia geográfica entre Buenos Aires y Dhaka supera los 17.000 kilómetros, pero el fútbol y las cicatrices de la historia construyeron un puente cultural indestructible. Tras la clasificación de la Selección Argentina las calles de Bangladesh se inundaron de camisetas y banderas albicelestes. Un reciente informe publicado por el prestigioso diario británico Financial Times reveló que el volumen de seguidores del combinado nacional en ese país asiático supera a la población total de la propia Argentina. Según los datos estadísticos, más de dos tercios de sus 177 millones de habitantes siguen la cita mundialista, y cerca del 60% alienta de manera ferviente por el equipo de Lionel Messi.
La razón inicial de este arraigo radica en un factor estructural evidente: la selección local de Bangladesh jamás logró clasificar a una Copa del Mundo. Ante la histórica ausencia de un equipo propio al que apoyar en la máxima competición, la inmensa base de hinchas locales optó por adoptar una identidad futbolística alternativa. Sin embargo, la elección de los colores argentinos no fue azarosa; el informe sitúa el punto de quiebre definitivo en México 1986, cuando el partido de cuartos de final contra Inglaterra se transformó en un hito fundacional para la sensibilidad geopolítica de la sociedad bangladesí.
Para una nación que sufrió casi dos siglos de dominación bajo el imperio británico —siendo colonia entre 1757 y 1947—, las heridas del colonialismo se revivían incluso en las viejas canchas de fútbol, donde los soldados ingleses jugaban con borceguíes y los locales descalzos. En esa asimetría de sometedores y sometidos, los dos goles icónicos de Diego Armando Maradona en el 86 fueron interpretados como una suerte de venganza poética. Al ser el capitán de un país que venía de librar la guerra por la soberanía de las Islas Malvinas contra el mismo opresor, Maradona emergió ante los ojos de Bangladesh como el gran vengador de ambos pueblos. Aquella cita fue, además, el primer Mundial que la población local pudo seguir a través de la televisión, abandonando las viejas transmisiones por radio.
Ese fanatismo que nació a finales del siglo pasado encontró una continuidad perfecta en el nuevo milenio gracias a la figura de Lionel Messi. Las generaciones más jóvenes de Bangladesh proyectan de forma directa un eco de Maradona en el actual capitán rosarino, a quien perciben como una fuente de motivación y un impulso aspiracional constante. La devoción se manifiesta en las calles con gigantescos murales de ambos astros pintados en los barrios; de hecho, durante el debut argentino en el Mundial 2026, miles de fanáticos se congregaron frente a pantallas gigantes en las plazas para celebrar el triplete de Messi frente a Argelia.
Mientras para los argentinos el fútbol operó como catalizador frente a crisis y dictaduras, en Bangladesh funciona como un motor social tras haber atravesado 15 años de un régimen autoritario.
La magnitud del arraigo popular caló tan hondo que las autoridades nacionales de ambas naciones debieron tomar nota del impacto diplomático de esta pasión compartida. Como consecuencia directa del furor desatado tras la consagración albiceleste en Qatar 2022, el gobierno argentino dispuso la reapertura formal de su embajada en Dhaka, la capital bangladesí, institucionalizando un lazo que nació de los pies descalzos, la herida colonial y el grito de un gol inolvidable.
Foto: AFP